En una despedida profundamente simbólica y conmovedora, el Papa Francisco dejó una última sorpresa para su pueblo: su cuerpo fue trasladado no en un coche fúnebre, sino en el papamóvil blanco, símbolo de cercanía y sencillez que lo acompañó durante más de una década. El vehículo avanzó lentamente por las calles de Roma, desde la puerta del Perugino en el Vaticano hasta la Basílica de Santa María la Mayor, en un recorrido de seis kilómetros que fue acompañado por aplausos, lágrimas y cantos de decenas de miles de personas.
Fue un adiós inédito en la historia moderna de la Iglesia: por primera vez en décadas, un papa fallecido no fue enterrado en el Vaticano, sino en la basílica que él siempre prefirió, cerca de la embajada argentina, en el corazón de Roma. Fue una procesión sin duelo visible, marcada más por la gratitud que por el luto, reflejo del legado de un pontífice que transformó con autenticidad, humildad y compasión el modo de ser Papa.
En las escalinatas de la basílica lo esperaban cuarenta representantes de los marginados: migrantes, personas sin hogar, detenidos, personas trans. Todos sostenían una rosa blanca, su flor favorita. Ellos fueron el centro de sus prioridades durante su pontificado, y también en su último acto público. Un gesto coherente con toda su vida pastoral: ir al encuentro de los descartados, de los últimos.
El vehículo que transportó el ataúd del Papa fue el mismo papamóvil utilizado en su visita a México en 2016, regalado por el gobierno mexicano un año después. Francisco quiso convertir ese último viaje terrenal en una manifestación de vida, evocando los momentos en los que recorrió el mundo para llevar su mensaje de esperanza, como aquel viaje a Río de Janeiro en el que alentó a los jóvenes a «hacer lío».
A su llegada a Santa María la Mayor, a las 13:00 horas locales, niños con rosas blancas depositaron las flores junto al ícono bizantino de la Virgen «Salus Populi Romani», venerado por los jesuitas y por él en particular. Es junto a esa imagen donde pidió ser enterrado.
El acto de sepultura fue privado, según lo dispuesto por Francisco, quien había modificado previamente las normas de los funerales papales. Presidido por el cardenal camarlengo Kevin Farrell, el rito final reunió solo a su familia cercana y a su entorno más íntimo: unos 60 asistentes, entre ellos sobrinos, secretarios personales y enfermeros que lo acompañaron hasta sus últimos días.
La despedida del Papa Francisco no fue solo un acto litúrgico, fue una declaración final de principios. Hasta el final, eligió la sencillez, la cercanía con su pueblo y el compromiso con los más vulnerables. Y en su último viaje por Roma, dejó un testimonio claro: el mensaje del Evangelio debe estar siempre en movimiento, en la calle, junto a la gente.
