En México, la belleza y la fealdad no solo coexisten, sino que a menudo se entrelazan, reflejando la complejidad de un país que se presenta al mundo con una cara iluminada por la modernidad y el turismo, mientras guarda en las sombras la desigualdad social, la violencia y la crisis de gobernabilidad. Hoy, esta dualidad vuelve a resurgir con la celebración del certamen de Miss Universo en territorio mexicano, justo cuando el país está inmerso en el inicio de una nueva administración presidencial.
El certamen de Miss Universo ha dejado de ser solo una pasarela de belleza para convertirse en un escaparate de poder político y diplomacia internacional. En las ediciones recientes, esta vitrina de glamour y cultura ha sido aprovechada por varios gobiernos como una estrategia para proyectar una imagen de progreso y estabilidad, obviando, muchas veces, los problemas más profundos del país. Si bien México ha sido históricamente un actor clave en este certamen, la actual edición adquiere una carga simbólica aún mayor: se celebra en un momento clave, apenas un mes después de que la primera presidenta mujer asumiera el poder, y justo cuando el país encara serios desafíos internos que, de alguna forma, se intentan esconder tras el brillo de las luces de la pasarela.
La relación entre la política mexicana y el certamen de belleza no es algo nuevo. Hace un año, en El Salvador, el certamen de Miss Universo coincidió con un proceso electoral crucial. En ese contexto, el certamen se convirtió en una herramienta para proyectar una imagen positiva del país, una estrategia cuidadosamente pensada para encubrir las tensiones sociales y políticas. Ahora, en México, el escenario se repite, aunque con un matiz diferente: la presidenta, recién llegada al poder, no se ha pronunciado oficialmente sobre el evento, lo que podría interpretarse como una manera de evitar polémicas en un momento tan delicado. Sin embargo, la realidad es que el certamen se presenta como una oportunidad para reafirmar el lugar de México en el mundo, ofreciendo una visión idealizada del país ante los ojos del público global.
Miss Universo es, en muchos sentidos, la perfecta metáfora de la imagen que México busca proyectar en el escenario internacional: un país lleno de cultura, diversidad, turismo y belleza natural. Las reinas de belleza recorren las pirámides, visitan las playas y degustan la gastronomía, mientras el gobierno se asegura de que el mundo vea lo mejor del país, obviando la otra cara de la moneda: el aumento de la violencia, la pobreza que golpea a millones y la falta de acceso a servicios básicos para gran parte de la población. En este juego de luces y sombras, la administración actual se enfrenta a la disyuntiva de seguir utilizando el certamen como una plataforma para mostrar la mejor cara del país, mientras los problemas estructurales del mismo permanecen a la sombra, fuera del foco mediático.
Este tipo de estrategias no son exclusivas de México, ni mucho menos. La historia de Miss Universo está llena de ejemplos de cómo diversos países han utilizado el certamen para proyectar una imagen de estabilidad, prosperidad y modernidad. Algunos gobiernos, como el de Filipinas o Venezuela, han sido especialmente hábiles en usar el certamen para consolidar su influencia internacional. Lo que está claro es que Miss Universo se ha convertido en una herramienta política que va más allá de la belleza física de las concursantes: es un campo de batalla simbólico donde se lucha por la imagen que el país quiere que el mundo vea.
En el caso de México, la situación es aún más delicada. Apenas un mes después de las elecciones que llevaron a la primera presidenta mujer al poder, el certamen de Miss Universo se convierte en una especie de “prueba de fuego” para la nueva administración. Aunque la mandataria no ha hecho comentarios al respecto, el evento representa una oportunidad para que México recupere protagonismo en el escenario internacional, especialmente en un contexto en el que el país necesita proyectar una imagen de estabilidad y cohesión. Sin embargo, la presión para mantener una imagen positiva también entraña un riesgo: ocultar o minimizar los problemas internos podría resultar en un desajuste entre la realidad y la percepción que se quiere construir.
Así, el brillo de las luces de Miss Universo no debe hacernos perder de vista lo que hay detrás: un país que, en sus contrastes, refleja tanto los avances como las deudas históricas que aún no se han resuelto. En este contexto, la pregunta es inevitable: ¿está México realmente construyendo una imagen sólida y auténtica, o simplemente se está maquillando para complacer a una audiencia global que prefiere ver solo la parte “bella” del país?
