Durante buena parte del siglo XX, el intelectual era una figura central en el debate público. Inspirado en el modelo de Émile Zola —que con su célebre J’accuse…! se enfrentó al poder por el caso Dreyfus—, este tipo de escritor comprometido creía tener no solo el derecho, sino el deber de intervenir en las grandes discusiones morales y políticas de su tiempo.
En América Latina, ese modelo se replicó en nombres como José Martí, José Carlos Mariátegui o el propio Octavio Paz. Pero quizás sea Mario Vargas Llosa quien encarna, con todas sus contradicciones, el cierre definitivo de esa era. Del escritor comprometido al liberal desencantado.
Vargas Llosa comenzó su carrera simpatizando con la Revolución cubana. Como muchos de su generación, creyó en la promesa de un nuevo orden justo e igualitario en América Latina. Sin embargo, con el paso del tiempo, y especialmente tras el célebre “caso Padilla” —cuando el poeta Heberto Padilla fue encarcelado y obligado a autoinculparse públicamente—, el escritor peruano rompió con el régimen cubano y con la izquierda autoritaria.
Ese fue el inicio de un giro ideológico que lo llevó a abrazar el liberalismo político. En su ensayo La llamada de la tribu, Vargas Llosa explica su afinidad con pensadores como Karl Popper e Isaiah Berlin, defensores de la democracia liberal, del pluralismo y enemigos del determinismo histórico. La figura del intelectual, en crisis.
Con la Guerra Fría, las guerras coloniales, y el descubrimiento de los crímenes del estalinismo tras el XX Congreso del Partido Comunista Soviético, muchos escritores comenzaron a replantearse su papel. Algunos, como Jean-Paul Sartre, mantuvieron por años su fe revolucionaria, mientras otros, como Albert Camus y Raymond Aron, se alejaron de los totalitarismos de cualquier signo.
Pero la gran transformación llegó con Hiroshima y Nagasaki. A partir de entonces, los físicos, matemáticos y científicos comenzaron a ocupar el lugar central en el debate moral: el poder de la ciencia había superado al de las ideas. Más adelante, la genética, la biología molecular y ahora la inteligencia artificial reforzaron ese cambio: el intelectual dejó de ser un pensador universal para convertirse en un especialista técnico.
